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SABIÑÁNIGO, 31 BAJO CERO. Enrique Satué Oliván

( 18-01-2017 )

 SABIÑÁNIGO, 31 BAJO CERO.  Enrique Satué  Oliván

Siempre he sentido interés acerca de cómo la climatología arraiga en la memoria popular. De pequeño oí hablar, embelesado, a mi madre sobre una mítica nevada que ella no llegó a vivir. Se produjo allá por los años de la primera guerra mundial, seguramente en las navidades de 1917. En Ainielle la llamaban La Remonta y contaba que, debido a la gran nevada caída, las gentes se veían obligadas a salir a las calles por las ventanas. También fue el año en que los montañeses iban a vender sus caballerías a la frontera, para la gran contienda.

Respecto al clima puedo afirmar que crecí escuchando una y otra vez de sus labios aquella muletilla que decía aquello de “ahora no nieva como antes; entonces sí que nevaba”.
En aquel contexto oí decir a mis padres que un año antes de que yo naciese, en el año 1954, Sabiñánigo había batido un record de temperatura, alcanzándose la mínima de 31 bajo cero. Ellos contaban que se habían reventado la mayor parte de las tuberías y que se había vivido un mes de febrero dantesco.
Mi padre no empleaba el término inversión térmica, pero me explicaba que Sabiñánigo era frio, debido a que estaba en un fondo de valle donde convergían dos ríos, el Gállego, con su embalse del Puente de Sardas, y la Tolibana. Sea como fuere, mi infancia discurrió festoneada de mágicas experiencias, entre las que caminar por este arroyo helado y arrojar violentamente piedras, hasta abrir el hielo, formaban uno de los rituales más peligrosos y estremecedores.
Mi familiaridad con la etnoclimatología también se remonta a los años ochenta, en que realizaba la tesis doctoral sobre la religiosidad popular y las romerías del Pirineo. En aquellos tiempos, confeccioné largos listados acerca de las fechas en que los montañeses trataron, sobre todo desde el siglo XVII, de paliar las plagas y sequías a través del favor divino que les facilitaban los titulares de los humildes santuarios.
Por todo ello, en estas navidades que abren paso al 2014, he querido reconstruir lo que ocurrió en aquel, ya mítico, febrero de 1954. Lo hago cuando acaba de aparecer un libro titulado El triángulo de hielo, escrito por el estudioso Vicente Aupi, que atribuye a Calamocha la temperatura más baja registrada a lo largo de la historia y en un lugar habitado de España. Temperatura que sitúa el 17 de diciembre de 1963 y en -30 º C, sin tener en cuenta la alcanzada en Sabiñánigo en febrero de 1954, que llegó, al parecer, “de modo no oficial” a la misma cifra.(1)
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(1) El libro, editado en 2013, se titula exactamente: El triángulo de hielo. Teruel-Calamocha-Molina de Aragón. Estudio climático del polo del frío español.
En él, además se indica que al record de Calamocha le sigue Molina de Aragón con -28,2ºC el 28 de enero de 1952. Y que la mínima absoluta en zona despoblada, de la que se tiene constancia, corresponde al lago Estangento (Lérida) con -32ºC registrados el 2 de febrero de 1956.
El estudioso Vicente Aupi, además de esta publicación, posee una interesantísima página web. Se trata de: Estrellas y Borrascas y la nutre de información a través de su observatorio situado en Torremocha de Jiloca.


Para ello, en un estudio superficial , he contado con las siguientes fuentes: con la información que en la red aparece sobre el hecho; con las hemerotecas de periódicos regionales y nacionales disponibles, también, a través de internet; con el libro Sabiñánigo en imágenes (1910-1975), publicado por Amigos de Serrablo; con datos meteorológicos facilitados por las antiguas empresas Aluminio y Aragonesas; con Información oral recogida desde Biescas hasta el Hostal de Ipiés acerca de la gran helada y, finalmente, con la revisión del artículo a cargo de Francho Beltrán, amigo, especialista en medioambiente y meteorología.

Dicho esto, desgranaré de modo sintético los ámbitos rastreados.

Lo que dicen las redes

Las fuentes señalan que el mes de febrero de 1954 constituye un buen exponente para reflejar cómo el régimen de Franco se movía entre la autocomplacencia y los primeros guiños a los Estados Unidos, en el marco de la guerra fría con el bloque soviético.
En este mes, el general Eisenhower advierte de la posible intervención de su país en Indochina, a causa del asedio a que se ven sometidas las tropas francesas sitiadas en Dien Bien Phu.
Es el mes gélido en que la Unión Soviética concede la liberación de los prisioneros de la División Azul y en que Huelva, el día 3, ve nevar por primera vez en su historia. Este es el mes que heló a Sabiñánigo.
Lo que sucedió coincide con una situación que, con mayor o menor intensidad, hace presencia en Aragón y que describe su Atlas climatológico en el apartado registros térmicos excepcionales:
“Entre diciembre y febrero, se presentan con mayor o menor intensidad oleadas de aire frío procedentes de las regiones árticas y polares, que hacen descender la temperatura muy por debajo de 0°. Estas invasiones, de honda trascendencia para la vida y las actividades económicas, están asociadas a los grandes anticiclones fríos y secos del Norte de Europa y a la presencia de bajas presiones en el Mediterráneo occidental que voltean masas de aire heladas hacia nuestra Península, de naturaleza y propiedades distintas según la posición relativa de los anticiclones. Excepcionalmente, estas invasiones de aire frío pueden ir acompañadas de nevadas, que dejan una capa de hielo permanente en el suelo durante varios días. Al mismo tiempo, el efecto de canalización de los vientos en el Valle del Ebro da lugar a fuertes ráfagas de cierzo que multiplican la intensa sensación de frío” (según los meteorólogos, “situación del norte”).
Así, coincidiendo con esta situación, en la página: podemos encontrar dibujada uno de estos contextos, aunque extremo: el de los primeros días de febrero de 1954.

  

Los mapas reflejaban una invasión de aire polar continental, con vientos del sector NE (Siberia) bombeados por una borrasca situada en el Mediterráneo. Por otra parte, esta invasión de aire polar, al menos en la ola de febrero del 54, iría seguida por un largo periodo de radiación anticiclónica que duraría, prácticamente, todo el mes de febrero.

Por otra parte, en aparece una sugerente conversación entre especialistas en la que se plantean la relación fluvioglaciar de Sabiñánigo con las mínimas temperaturas que ha alcanzado esta población a lo largo su historia. Partiendo de la base que la extensión del modelado glaciar del río Gállego era de las mayores de España, junto con el de Ésera, se preguntan si esto tiene correlación con las mínimas y los fenómenos de inversión térmica de Sabiñánigo. Comparan el caso con Jaca, y concluyen que sí, que en Sabiñánigo se acumula el aire frío y pesado que “deja rodar” el largo eje fluvioglaciar del Gállego.
El mismo foro indica que el 31 º C bajo cero no es una cifra oficial del Instituto Nacional de Meteorología, pero que es muy posible que se alcanzase (fuente: Inocencio Font Tullot, Historia del clima de España, 1957).

Lo que comentó la prensa

La prensa consultada ha sido La Nueva España de Huesca, el Heraldo de Aragón, ABC y La Vanguardia de Barcelona. El foco de la noticia lo recoge el primer periódico y, después, es la agencia Cifra quien la expande a las demás de modo repetitivo para generar una rica estampa no sólo científica sino, también, social de la época.
Nueva España de Huesca, periódico de la cadena del Movimiento, el día 2 de febrero, martes, lleva en sus titulares: “Persistirá el mal tiempo en España. A 31 grados bajo cero en Sabiñánigo. El 50 por ciento de la población sin agua”. La noticia ha sido mandada por teléfono desde esta población, a las 19 horas del día 1 y merece la pena que se reproduzca de modo literal porque el resto de periódicos la van a repetir, con variantes, a través de la agencia Cifra:
“Una terrible ola de frío se ha desatado en el Pirineo Central. La mañana del domingo registró
una temperatura mínima de 11 bajo cero; la de hoy, es la más cruda que se recuerda. Las temperaturas registradas a las ocho de la mañana han sido las siguientes: Balneario de Panticosa, 18 bajo cero; Sallent de Gallego, 19; Sabiñánigo: En las instalaciones de Aluminio
Español, próximas al río Gallego, se registraron 31 grados bajo cero; en la fábrica de Energías e Industrias Aragonesas, más al interior, resguardada, del Viento Norte, 25 grados bajo cero; en el centro de la villa, 22 bajo cero.
El río Gallego y afluentes del mismo se encuentran totalmente cubiertos de hielo.
Las calles de la población, con sus 20 centímetros de nieve helada, se hacen intransitables. Brigadas de obreros han trabajado noche y día en las bombas de aspiración de agua del
río Gallego, que alimentan el funcionamiento de la refrigeración de estas industrias, evitando la acumulacíon de hielo sobre su base, el cual es superior a los esfuerzos que se realizan,
por cuya circunstancia han tenido que paralizarse algunas secciones de fabricación. En la red de abastecimiento de agua se dejan sentir los efectos del hielo con gravedad, ya que todas las
viviendas que no tuvieron la precaución de dejar los grifos en circulación, se han helado, por lo que el 50 por 100 de la población se encuentra sin agua, con la -pavorosa, perspectiva de roturas y desperfectos tan pronto, se inicie el deshielo. 
Persiste el duro clima, con 14 bajo cero a las cuatro de la tarde.”

A través del texto comprobamos que la mínima se ha alcanzado antes de la toma de temperaturas, que suele realizarse a las 8 horas, por lo tanto, en la madrugada del día 1, lunes.
En él se recurre a la tradición oral y se señala que no se recuerda en la población otra ola de frio igual.
Además, las mediciones que recoge EIASA de sus centrales eléctricas, nos hacen ver la magnitud de la inversión térmica: -18 º C en Panticosa, -19º C en Sallent y una variación de 9 grados en las tres mediciones de Sabiñánigo: Aluminio, más próximo a los efectos del río Gállego: -31 º C, Energías (EIASA), más protegida: -25 º C y, otro punto de medición, en el centro de la población: -22º C.
Llama la atención es la diferencia de 9 ºC dentro del propio Sabiñánigo. Podría tener explicación si tuviéramos más datos sobre ubicaciones exactas de los termómetros. Pues está citado en la literatura meteorológica el hecho de que (en situaciones de fuerte inversión térrmica) un termómetro a 10 cm. del suelo puede llegar a marcar 5 ºC menos que uno a 1,5 metros sobre el terreno.
Como veremos, dichas informaciones no se ajustan con exactitud matemática a las cifras conservadas por dichas industrias hasta la actualidad.
Por lo demás, el texto refleja el espesor de la nieve helada, que las fuentes orales rebajan a la mitad, y, por otro lado, la participación de los obreros de las fábricas para hacer transitables las calles así como para evitar que la producción se parase.
Finalmente, el documento refleja el grave perjuicio causado por la helada en la incipiente red de abastecimiento de agua a la población.
Además, señala algunas mínimas recogidas en la región como las de Candanchú (-20 º C) y Zaragoza (-7 º C).
A continuación, a través de la agencia Cifra, hace un recorrido por toda España para relatar la ola de frío con vientos del norte y nevadas intermitentes recogidas desde el Cantábrico hasta el Puerto de Santa María, causadas por el contacto del viento gélido continental con la borrasca del Mediterráneo. Este fenómeno ha dejado caer nieve en Ibiza , en Huelva y en Larache (protectorado español de Marruecos), hecho desconocido, hasta la fecha, en estas dos poblaciones.
El Heraldo del día 2 facilita el siguiente titular: “En Sabiñánigo el termómetro marcó ayer 31 grados bajo cero” y reproduce la información del periódico anterior, tomando cierta opción sensacionalista, al tiempo que añade algo cierto, que el río Gállego y sus afluentes se encuentran totalmente cubiertos de hielo.

Recorte de periódico de 31 grados bajo cero en Sabiñánigo

Por otra parte, el ABC del día 2, recoge la misma información que los anteriores añadiendo que el viento alcanzó en Zaragoza el día 1, lunes, una velocidad de 112 km/hora, con una temperatura de -7 º C. Situación que fue acompañada del corte del suministro eléctrico, debido a que el hielo del río Gállego impedía funcionar las centrales eléctricas.
Además recoge las nevadas en el NE de Cataluña, afectadas por el contacto del viento frío del NE con la depresión del Mediterráneo, la mínima de -26 º C alcanzada en el lago San Mauricio del Pirineo de Lérida, las heladas y las nieves de Andalucía y, finalmente hace alusión al terrible frio alcanzado en Europa, indicando muertes infantiles en Francia e Inglaterra, la congelación de una cisterna de leche de 3800 litros, en Amsterdán, o el cese de la navegación en los grandes ríos centroeuropeos.
La Vanguardia española del día 2, repite las informaciones que, sobre Sabiñánigo, ha facilitado Cifra.
De nuevo ABC, el jueves día 4, habla de que las heladas no remiten. Da cuenta del bloqueo por nieve en la comarca de Reinosa, de la presencia de manadas de lobos hambrientos en aldeas próximas a Oviedo, que en Candanchú se había alcanzado el miércoles -28 º C y que en Sabiñánigo aparecían casos de comienzo de heladura en dedos y orejas, al tiempo que, de momento, sólo un 20 por ciento de las viviendas disponían de agua corriente.
De nuevo, en la Nueva España de Huesca, el día 6, se habla de una ligera mejoría del tiempo en toda España, repasando un rosario de anécdotas como los camioneros aislados por la nieve en Lugo, los jabalíes hambrientos que causaron destrozos en una aldea próxima a Tremp o los tinteros helados en la escuela nacional de Vilela (Orense).

Recorte de periódico de 31 grados bajo cero en Sabiñánigo

Aquellas fotografías

El libro Sabiñánigo en Imágenes. 1910-75, nos facilita una estampa nítida de lo que era el Sabiñánigo de febrero de 1954. José Garcés, en el prólogo, describe el rápido crecimiento demográfico que se produjo en la población a consecuencia de la instalación de Energías e Industrias Aragonesas, primero, y más tarde, Aluminio Español, lo que hace que de 1910 a 1950 la población alcance los 2249 habitantes para, a partir de esta fecha y hasta 1970, disparar la demografía en una de las mayores tasas de crecimiento relativo producido en España (Max Daumas).
De este modo, el gélido febrero de 1954 se ubica en una década que duplicó la población de Sabiñánigo gracias a sus industrias y a la mano de obra llegada del éxodo procedente del Alto Aragón y de distintos puntos de España.
Una década en la que el cordón “estación ferroviaria-fábricas” se festonea, progresivamente, de edificios e infraestructuras que van a dar nacimiento al Sabiñánigo actual: Barrio Santiago o “Casas Baratas”, Iglesia parroquial con fábrica historicista (obra de Rafael Jutglar), cuartel del ejército, conducción de agua potable, etc. Vitalismo que también se va a ver reflejado en la sociedad: celebraciones de los quintos, paso de la vuelta a España, múltiples diversiones para festejar al patrón Santiago… Un conjunto de imágenes cálidas que pasan rápidamente delante de mis ojos para congelarse cuando, en la página 121, me detengo ante una que dice: “1956. Depósito del agua de E.I.A.S.A.”. Foto Manglano. Colección Antonio Aliende”.
En ella vemos los depósitos del agua de la fábrica, envueltos como una enorme columna estriada por el hielo, junto a la casa de los directivos. No tengo por qué dudar de la fecha, pues la mínima de 1956 alcanzó los -17,8 º C, pero lo cierto es que muchas fuentes confunden la ola de frío de este año con la de 1954. De cualquier modo, sirva esta imagen como testimonio de un bienio en el que Sabiñánigo alcanzó notoriedad nacional debido al frio.

31º bajo cero Sabiñánigo 1954

Los datos de Aluminio y Aragonesas
En el cuaderno de anotaciones meteorológicas facilitado por la, entonces, empresa Aluminio español vemos como desde el 16 de enero se alternan los días soleados con otros de sol y nubes. Las temperaturas diurnas son benignas y las mínimas, nocturnas, no son demasiado bajas. La luna es llena. Y la presión se aproxima a los 700 mm (933 mb), en base a la borrasca situada en el Mediterráneo y que bombea los fríos vientos continentales del NE (Siberia).
Del 26 al 30, baja ligeramente la presión, y comienza a alternarse el sol con las nubes de estancamiento, llevadas por los fríos vientos del NE, que dejan caer nieve.
Es en este contexto cuando desaparece el nublado, queda raso el cielo, hay luna menguante, y llega la gran helada de la madrugada del 1 de enero, que el registro de Aluminio sitúa en 30 bajo cero, y no en 31, como señala la prensa.

Los datos de Aluminio y Aragonesas

De este modo, durante siete días, desde el 1 al 7 de febrero, las mínimas van a estar situadas por debajo de - 16 º C, hasta que el día 8, ya con luna nueva, la helada se atempera. Además
Fecha T máxima T mínima Presión Cielo Otras circunstancias se debe considerar que las máximas de los primeros cuatro días de la gran helada no superan los 12 bajo cero.

Por otra parte, los registros de la, entonces, EIASA, sitúan la mínima del 1 de febrero en -24,8 º C, en lugar de los 25 bajo cero de los que hablaba la prensa. A través de ellos, también podemos saber que la temperatura media de las máximas fue de 7,4 º C, la media de las mínimas -6,25 º C y que las precipitaciones de dicho mes fueron, en total, 62,4 litros.
Por otra parte, nos permiten conocer las cifras mínimas del año 1956, que dada su proximidad con las del 54, mucha gente confunde. En ese año, en el mes de enero se alcanzó en Sabiñánigo una mínima de -18,4º C, mientras que en febrero la cifra fue de -17,8.
Y, finalmente, también nos permiten conocer la media de las mínimas del mes de febrero, desde 1950 a 2009, que se sitúa en -8,72 º C, casi siempre como consecuencia de la radiación térmica o de los fríos vientos continentales del NE.
La que cuenta la tradición oral
Un pequeño muestreo de encuestas por Sabiñánigo y alrededores nos permite alcanzar una rica gama de matices acerca de aquel hecho climatológico.
En primer lugar hay que resaltar que el año 1954 se sitúa en el gozne del comienzo del éxodo en la montaña, de la compra de aldeas por el Patrimonio Forestal del Estado, y del crecimiento vertiginoso, por contra, de la población de Sabiñánigo. Por ello, la histórica helada, fue vivida, en escasos kilómetros tanto por las gentes que aún vivían en la sociedad tradicional como por las que lo hacían según el nuevo modelo urbano e industrial.
Todos los informantes que vieron la histórica helada en el mundo rural, mejor observadores de la naturaleza que los que ya vivían alrededor de las fábricas, hablan de que el invierno, hasta

el mes de febrero había sido bastante benigno, por lo que los más mayores creían que aquél ya estaba vencido. Además comentan que la racha de bajas temperaturas, con altibajos, duró todo el mes de febrero, pues la pequeña tregua del día 8, dos días después, se recrudeció hasta los últimos días.
Algunos de ellos vivieron el terrible mes como pastores trashumantes y recuerdan que “las oliveras” se helaron en el Somontano o que, en Alfajarín, el cielo se ponía pastoso, denso, “con cillo y con un sol como clisado” y que las ovejas no querían comer el “panizo” (maíz) que les echaban, del frío que hacía.
En Biescas se recuerda que se helaron las patatas cosechadas en el otoño anterior y que se guardaban en las casas. Dado su incipiente modernidad, se helaron bastantes tuberías, situando la tradición oral la mínima en -18 º .
En Barbenuta una mujer sufrió a consecuencia de fuerte frío una embolia y los hombres se las vieron y desearon para enterrarla ya que el suelo del cementerio estaba helado y hubo que abrirlo a golpes, clavando “barrones” de hierro con los que se rajaban las piedras. En el mismo pueblo, aquel año no nació ni el sufrido centeno.
En Olivan se recuerda que los tiradores de madera, que faenaban por el monte, tuvieron que llevar a abrevar las caballerías hasta los manantiales del vivero, de las orillas del río Gállego, pues todas las fuentes se habían helado y allí, por contraste, el agua despedía vapor.
En Escartín de Sobrepuerto no podían hacer leña ni en el solano, del frío que hacía. Los hombres sentían un fuerte dolor en las manos - “les entraba cochón”- y sólo se podía combatir con agua tibia. Si estaba caliente, el contraste provocaba dolores terribles. Los barrancos estaban “cruzados de hielo y con candilones”. Había que romper el hielo del abrevadero. El agua de las gallinas, vertida normalmente en una pila, estaba helada, por lo que había que bajar agua calentada en el hogar de la cocina. Los bojes se helaron y para la primavera estaban amarillos, como los trigos, que parecían “lastón” (hierba seca).
En Osán, que realizaban la restauración de la iglesia con mosén Jesús Auricinea, hubo que detener las obras.
En el Hostal de Ipiés, estaban de cacería de jabalíes por la pardina de Fanlo, el día de la Candelera, y a pesar de contar con leña seca, no podían encender fuego, por lo que Ramón de Léres, un gran conocedor de la naturaleza, presagió que aquello anunciaba un clima que no conocían. A las cuatro, de regreso para casa, el cielo se puso espeso, marrón, y la poca nieve que había era venteada de modo violento (“turbios” o ventisca). Al llegar al Hostal, se encontraron con la cuadrilla que cargaba en el tren la madera sacada de la Guarguera y que aquel día habían tenido que estar junto al fuego hecho en el andén. Por otro lado, aquel año, el trigo que les había facilitado el Servicio Nacional no nació. Era de la clase “Pané” y no resistía como los antiguos, adaptados a la montaña.
Finalmente, en Sabiñánigo, se recuerda a los obreros que venían andando desde los pueblos con “candilones” de hielo que colgaban de su aliento. En el bar Mi Casa se recuerda a la gente apelmazada alrededor de una estufa de leña. Cuadrillas de obreros de las fábricas y voluntarios luchaban con la nieve helada de las calles. Diez cubas de vino del comercio López

que estaban alineadas en la calle mayor se helaron. Por no existir anticongelantes, se echaba vino o coñac en los radiadores de los camiones. Al parecer, un recluta procedente de Canarias, fue encontrado casi inconsciente, aterido por el frío a la altura del puente que pasa sobre la vía del tren, junto a la iglesia; cuentan que lo llevaron a reanimar a caseta de la gasolinera que estaba enfrente del casino. Y, finalmente, las personas entrevistadas recuerdan como, en Aragonesas se helaba el sulfúrico, y de qué modo en la fabricación del amoniaco se helaba el hidrógeno, por lo que había que utilizar mangueras de vapor que no conseguían llevar adelante los procesos.
Conclusiones
Al parecer los datos recogidos por las fábricas no estaban homologados por el Instituto de Meteorología Nacional y, sólo, servían a las propias fábricas.
Por otra parte, el treinta y uno bajo cero es una confusión producida a través de la prensa. En realidad los datos, no homologados, sitúan la mínima del día 1 de febrero de 1954, en -30º C, lo que le equipara a la mínima, si reconocida, producida en Calamocha en 1963.
La situación se produjo por una ola de viento Siberiano del NE, bombeado por una borrasca del Mediterráneo. El fenómeno se mantuvo todo el mes de febrero, acusado por la inversión térmica propia de la cabecera del Gállego, que almacena el aire frio en el fondo de valle, en la zona de Sabiñánigo.
Finalmente, hay que destacar la riqueza que posee la memoria popular alrededor del clima y cómo la situación fue vivida e interpretada, en una misma zona, de distintas maneras, debido al vertiginoso cambio social que se estaba produciendo en ella.

Resumen del Acto

31 BAJO CERO 1954